“Santiago 4:11-12 “Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?”

 ¿Es llamar al arrepentimiento indebido acto de juicio? De ninguna manera. El problema está en las intenciones del corazón que llama o que calla.

Si nos podemos a ver, todo juicio de valor del pecado ajeno es un señalamiento de lo errado, luego, un llamado al arrepentimiento, sólo que las razones que mueven ese llamado tienen un amplio rango de motivaciones, desde la contrición genuina por el pecado ajeno, a la vil envidia que no resiste la capacidad pecaminosa sin culpa del otro.

¿Es mi valoración del pecado ajeno evidencia de mi propio pecado?

Lengua: extensión irreverente del corazón que hace palabra la esencia que nos define en la intención con la que hablamos. Domarla es reto de fe. Y sin embargo, no hay manera en que el error pueda ser indicado sin un juicio de valor del hecho o realidad pecaminosa en la vida ajena.

¿Cómo indicar el pecado sin valorar la acción ajena? ¿Cómo traer a la luz de la verdad a aquellos que andan en las tinieblas de su pecado? Imposible sin un juicio de valor. La clave es la intención que mueve al juicio: el amor.

Callar ante el pecado ajeno no es opción para quien conoce la verdad del Evangelio. Callar sería un acto injusto de condenación, en tanto el pecado condena. Callando limitamos el amor que debería movernos al juicio piadoso del pecador.

¿Sano juicio o murmuración pecaminosa?”

 365 Reflexiones…327

Noviembre 23

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