“Santiago 5:7-9 “Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca. Hermanos, no os quejéis unos contra otros, para que no seáis condenados; he aquí, el juez está delante de la puerta”

Paciencia y queja, opuestos naturales en la vida de fe. Barómetro de nuestros egos. Evidencias para el Día del Juicio.

Andando los caminos de la fe, todos conocemos personas pacientes y personas quejosas. La diferencia entre unas y otras está en la firmeza de en quién y el momento donde han colocado su esperanza: Cristo y su regreso.

En algún momento, todos hemos estado en ambos caminos: el de la paciencia y el de la queja. Las preguntas a considerar serían: ¿Qué camino disfrutamos de manera recurrente? ¿Por qué? ¿Qué esperanza mayor que el regreso de nuestro Señor nos roba el gozo y nos coloca en el abismo oscuro de la queja perniciosa, constante, amarga?

Santiago nos hace un llamado preciso y precioso a la paciencia, puesta la esperanza en la certeza de que Él volverá. Nos hace advertencia del peso de la queja de unos contra otros como evidencia en contra, llegado el juicio postrero.

La queja es prima de la soberbia, gemela del orgullo e hijastra complaciente de la vanidad.

La queja cotidiana es terrible presencia en gentes de fe tan sólidos como la queja perniciosa de su engañoso corazón. En sólidos consejeros de buena doctrina desgajando los pétalos de su soberbia en el resentimiento que les deja desnudos en público. En los quejumbrosos aspirantes a ídolos de la fe moderna de medios masivos.

¿Cuánto te quejas?”

365 Reflexiones…331

Noviembre 27

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