“Santiago 5:17-18 “Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto”

 La cotidianidad de nuestras oraciones, declara el lugar de Su voluntad en nuestro corazón.

El poder de la oración radica, no en la calidad de quien ora, sino en su postración genuina y obediente ante la voluntad de Dios en cualquier circunstancia. Santiago toma a Elías como ejemplo. Un coloso de Dios, pero un hombre común cuya única virtud era la obediencia ante Dios, a pesar de sus “pasiones semejantes a las nuestras”.

La oración ferviente, la de la fe genuina, es aquella que obvia las pasiones del engañoso corazón para someterse, aunque duela, a la voluntad de Dios. La carga de dolor y esfuerzo en las encomiendas de Dios para Elías era grande, pero confiaba. Obedecía Su voluntad.

Orar es hablar con Dios. Pero, ¿Nos detenemos a escuchar en oración? ¿Son nuestras oraciones monólogos y pliegos de exigencias? ¿Está Su voluntad dentro de nuestras plegarias?

Jesús nos dejó la clave esencial de la oración. En Mateo 6:10(b), en medio de la oración esencial de todo cristiano, el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Y en Getsemaní justo antes de ser entregado, Lucas 22:41-42 “Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya

¿Oramos como Jesús lo hizo? ¿Oramos porque sea Su voluntad y no la nuestra? ¿Está Su voluntad en nuestras oraciones? ¿Están siendo nuestras oraciones efectivas?”

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Diciembre 1

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