“1 Pedro 1:1-2 “Pedro, apóstol de Jesucristo, a los expatriados de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas”

Ciudadanos del cielo, viajando obedientemente por la vida.

¿La elección? de Dios. ¿La obediencia? ejercicio diligente de los ciudadanos del cielo viviendo en un cuerpo y un mundo caídos, sedientos de lo carnal, huyendo a lo espiritual, de ser posible.

Filipenses 3:20 “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;”

 Como los Filipenses, los del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, los elegidos, somos ciudadanos expatriados en un mundo renegando de Dios. La ciudadanía del cielo es realidad que adorna el corazón del creyente, sólo por gracia, y es en la obediencia diligente que manifestamos nuestra ciudadanía.

La obediencia es realidad que evidencia el valor que damos a la identidad que como cristianos tenemos: ciudadanos del cielo. Entender que la sangre de Jesucristo selló el pacto por el que la salvación nos es otorgada por gracia, debería ser elemento que mueva cada paso de nuestro andar. Pero estamos condicionados a olvidarlo en nuestro pecado.

Una de las aspiraciones generalizadas del hombre caído moderno, es poder viajar y conocer el mundo. Para ello requiere visas, permisos. ¿No es extraordinario que tengamos ciudadanía, no visa, para el cielo y lo olvidemos en el efímero pecado? ¿No es extraordinario que olvidemos que tenemos pasaje de primera clase en el viaje más importante que es a la  vida eterna?

Recordar que somos ciudadanos del cielo, debería generarnos suficiente confianza para obedecer sin restricciones y nunca olvidar al autor de nuestra ciudadanía: Jesús.

¿Vivimos diligentemente como ciudadanos del cielo?

365 Reflexiones…336

Diciembre 3

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