“1 Pedro 1:6-9 “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas”

Fe como oro, pero del eterno.

Quien vive la fe correctamente tiene dos cosas seguras y claras: el gozo de la salvación y la aflicción de las pruebas.

El gozo por la salvación es evidencia de la diligencia con que estamos viviendo la fe, en tanto es el ancla que fija al corazón en Sus promesas y a la vez la estrella en el firmamento guiándonos a puerto seguro, aunque soplen los vientos, aunque ruja la tempestad de los problemas.

Cristo es nuestro gozo. ¿Es?

Así como tenemos la promesa de la salvación, el Señor nos dejó la garantía de la aflicción: No hay otra forma de ver la fe genuina que en medio de la aflicción.

¿Cuánta fe evidencio en mis pruebas cotidianas?

Y no es necesariamente la aflicción de un diagnóstico de cáncer intratable, de la muerte súbita de un ser querido o del descalabro financiero que deja nuestros balances en 0.00, no. El mejor momento para diagnosticar nuestra fe es la cotidianidad, porque en nuestras reacciones cotidianas a los problemas del día a día, se evidencia cuánto del carácter gozoso, manso y humilde a que estamos llamados, tenemos.

¿Consume mi gozo el fuego de la prueba, cotidiana? ¿Es mi fe de oro o de paja?”

 365 Reflexiones…339

Diciembre 5

Advertisements