“1 Pedro 1:13-16 “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”

 “Por tanto”, es decir, por todo lo anterior (versículos 1-12), porque estamos en conocimiento del valor de la salvación recibida por medio de la fe en la gloriosa obra de Jesús, entonces, debemos asumir una forma de vida que refleje en obediencia la santidad de quien nos otorga libertad por medio de la fe: Jesús.

Santidad: aplicación práctica y diligente de la obediencia a sus instrucciones en lo cotidiano, con el fin de formar un carácter que, por Su gracia, no necesite más de la diligencia misma para obedecer y actuar en santidad. Es una instrucción a obedecer en dependencia de la gracia, no una simple opción conductual que manejamos a conveniencia buscando un estereotipo.

La santidad fluye natural cuando la dependencia de la gracia renueva el corazón, anulando lo que de pecado nos mueve y haciendo nacer las intenciones que honran a Dios en lo que somos, hacemos, decimos y pensamos.

El velo de la ignorancia car una vez conocido Cristo.

En el pecado cotidiano, cerramos los ojos buscando ser ignorantes nueva vez. Alegar ignorancia es excusa vana para quien ya conoce a Cristo. El Espíritu habla clarísimo.

La santidad es la lucha cotidiana que diligentemente debemos echar por amor de Cristo en inconformidad con lo mundanal.

Romanos 12:2 “No os conforméis a este siglo,”

¿Vivimos una fe conformista, moldeable al mundo? ¿Evidenciamos  santidad obedientemente intencional? ¿Diligentemente santos?”

 365 Reflexiones…342

Diciembre 8

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