“1 Pedro 1:17-21 “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios”

Como hijos de Dios, somos peregrinos de la vida viviendo en santo temor. Pero, ¿vivimos ese temor santo?

La fe, expresada en el temor de Dios, no es disfraz para posar. Es realidad que marca el carácter del hombre en todo el tiempo. Invocarlo como Padre sin vivir el temor de Su presencia, es tan verdadero como cualquier poder otorgado por un disfraz carnavalesco.

Conocido y aceptado el Evangelio, el carácter debe reflejar la solemne relación de dependencia del corazón caído con Dios, buscando honrarle en cuanto es, sabiendo que somos sujetos para Su juicio.

Proverbios 1:7 “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza” ¿Vivimos sabiamente? ¿Evidencia nuestro carácter cotidiano temor de Dios?

Pedro resume el principio esencial, no el final, de la historia de la redención, el Evangelio, a partir de “la sangre preciosa de Cristo”, su muerte y su resurrección, evento “destinado desde antes de la fundación del mundo”

 ¿Evidencia nuestra cotidianidad, mi carácter, el impacto de ese evento destinado desde antes de la fundación del mundo? ¿Tememos a Dios?

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Diciembre 9

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