“1 Pedro 1:22-25 “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.

Porque:

Toda carne es como hierba,

Y toda la gloria del hombre como flor de la hierba.

La hierba se seca, y la flor se cae;

Mas la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada”

Renaciendo a la pureza por medio del Espíritu que recibimos junto con el Evangelio.

La regeneración espiritual del corazón se mide por el amor fraternal no fingido que caracteriza sus relaciones.

La vida de fe, correctamente vivida, se mide en el estado de nuestras relaciones dentro de la iglesia. El “amor fraternal no fingido” es el termómetro de pureza incorruptible que mueve al corazón en la obediencia a la Palabra por medio del Espíritu.

¿Vivimos ese nivel de amor fraternal no fingido? ¿Cuál es el estado de mis relaciones?

Arrastrados por lo corruptible o movidos por lo incorruptible. Pedro sentencia en los versos 24 y 25 los opuestos de la realidad que los versos 22 y 23 develan: o vivimos la obediencia, para y por  la gloria de Dios o la vivimos para y por la gloria propia.

Todo pasa, menos Su Palabra. Pero en el peregrinar interino que es la vida, la obediencia al llamado del amor fraternal, debe ser el elemento con que las relaciones se construyen, dentro y fuera de la iglesia, sostenidos en la promesa de vida eterna, en la salvación de las almas.

¿Evidencio regeneración espiritual en el amor fraternal, no fingido, que me sostiene? ¿Amamos así, incorruptiblemente?”

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Diciembre 10

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