“1 Pedro 2:1-3 “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor”

Una de las imágenes más terribles es la de un niño recién nacido llorando de hambre. En Cristo nacemos de nuevo, somos como recién nacidos ávidos del alimento espiritual.

¿Cuán sana es nuestra dieta espiritual?

Quien ha creído, ha gustado de la benignidad del Señor, de sus promesas extraordinarias. Pero ¿Habrá entendido la otra cara de la moneda de la fe, la del sufrimiento, la del arrepentimiento? ¿Desea diligentemente la leche espiritual, no adulterada o estará viviendo la falsedad irreverentemente dulce de un evangelio de prosperidad, de las declaraciones que obvian la voluntad de Dios de los autoproclamados profetas, apóstoles y maestros modernos? A la luz de este pasaje, ¿Cuánta malicia, engaño, hipocresía, envidias y detracciones adorna o evade  la cotidianidad de nuestra fe?

1 de Pedro es un llamado a la vida en santidad honrando la Palabra de Dios, la obra de Cristo y la salvación por gracia. En estos versículos, Pedro hace un llamado a la acción diligente de buscar la pureza y la sanidad de la buena doctrina desechando todo aquello que adultera el mensaje del Evangelio.

La integridad del corazón de la fe advierte, por el obrar del Espíritu, las trampas con que la mentira pretende embaucar al hombre.

La sanidad doctrinal de una iglesia, nunca presentará la fe y la santidad como caminos adoquinados con pétalos de rosa,  sino como colina ascendente y pedregosa que recuerda el andar de Cristo con la gloriosa cruz a cuestas.

¿Estamos siendo diligentes en desechar lo indebido? ¿Con cuánto evangelio adulterado estamos saciando el hambre espiritual? ¿Somos íntegros?”

 365 Reflexiones…345

Diciembre 11

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