“1 Pedro 2:5 “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”

 La relevancia del verso 5 amerita volver a él.

Pedro hace una analogía hermosa de la vida de fe y la vida de iglesia. De nosotros, como piedras vivas de una obra en proceso: la iglesia. Define el propósito de la fe, el “¿para qué?” que son los sacrificios espirituales para la honra de Dios, y hace un recordatorio que es preciso tener absolutamente claro: sólo por medio de Jesús se hacen aceptables los sacrificios espirituales que para honra de Dios hacemos.

La honra de Dios es el propósito de la fe, y la forma de honrarle es por medio de sacrificios espirituales, aceptables solamente  por medio de la propiciación que se dio en el Calvario, con Cristo en la gloriosa cruz.

En la gloriosa cruz del Calvario, Cristo cumplió, absolutamente, la Ley de los sacrificios por medio de las obras.

Ya no hay más obra, la transformación espiritual por medio de la fe en Cristo es la obra por la que debemos velar. Esa es la obra que transforma vidas para el agrado de Dios.

La única obra válida es la obediencia que transforma el carácter del hombre, y esto es fácil de entenderlo: cualquier ateo puede sostener financieramente un orfanato. Cualquier ateo puede perfectamente fundar un hospital para el tratamiento del cáncer infantil. Cualquier ateo puede hacer jornadas anuales para recaudar fondos para niños discapacitados, desvalidos, abusados. Y así un largo etcétera de buenas obras, ¡extraordinarias obras!, sin peso espiritual, sin Dios.

¿Cuánto de Cristo hay en mi buen obrar? ¿Cuánta espiritualidad cierta en mis “sacrificios”? ¿Evidencia mi vida que estoy siendo edificado espiritualmente, santamente? ¿Evidencio una fe viva en Cristo?”

365 Reflexiones…347

Diciembre 13

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