“1 Pedro 2:9-10 “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia”

Lo que fuimos y somos, y para qué somos.

Fuimos tinieblas llamadas a ser luz, por Su misericordia. Somos hoy Su linaje, Su nación, Su pueblo. Llamados a ser Su real sacerdocio: voz anunciando las virtudes de quien nos sacó de las tinieblas.

Pero faltamos a Su misericordia en nuestro silencio cotidiano. Terrible cosa para el corazón de la fe es saberse linaje, nación y  pueblo, y no ejercer la función “sacerdotal” de proclamar las virtudes de quien nos hizo suyos.

¿Somos silencio que oculta nuestra nacionalidad en Cristo? o ¿Somos voz proclamando en la cotidianidad de nuestro carácter las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable?

Quedamos cortos, muy cortos, ante la misericordia inmerecida que nos reviste del privilegio de ser linaje suyo, sacerdocio suyo, pueblo suyo, nación suya por medio de la fe en Cristo.

Actuamos, desde el silencio oscuro y premeditado de nuestra esperanza escondida, como bastardos malagradecidos y avergonzados que se niegan a proclamar las virtudes de quien nos escogió para sí en un acto de bondad que tuvo precio de sangre, Su sangre.

Somos ciudadanos del cielo, pero absurdamente lo olvidamos.

Lo que avergüenza se esconde en la oscuridad y sin embargo Él nos llamó de las tinieblas a su luz.

¿Mostramos agradecidos nuestra fe, nuestra nacionalidad en Él? ¿Andamos nuestra fe en la claridad meridiana de Su Palabra? ¿Evidencia mi cotidianidad Su luz admirable transformando mi oscuridad?”

 

365 Reflexiones…349

Diciembre 15

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