“1 Pedro 2:11-12 “Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras”

Hermoso recordatorio de nuestra extranjería y peregrinaje en terreno extraño a nuestra patria celestial.

Los deseos carnales, por sí, no son malos. Las intenciones pecaminosas del corazón sí lo son, y es  en doblegarlas donde libramos la mayor batalla de nuestra cotidianidad.

Velar, diligentemente, por nuestra condición espiritual en la lucha con la carne, define la glorificación que de Dios hacemos en nuestros hechos cotidianos. No es levantando las manos en el templo que glorificamos a Dios, es en la obediencia práctica que se da en el silencio y la soledad cotidiana.

Las “buenas obras” que Pedro menciona, son consecuencias de la obediencia en abstenernos de aquellos hechos que el pequeño gran Pablo nos recuerda en Gálatas 5:19-21: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”

Pablo desglosa la carnalidad pecaminosa que en lo cotidiano pone en riesgo nuestra alma, la misma a que Pedro nos convida a abstenernos.

¿Cuánta diligente pasión cotidiana ponemos en la batalla por defender el alma? ¿Somos  testimonio de Su poder obrando en este cuerpo de muerte?

Extranjeros y peregrinos, la glorificación cierta de Dios en nuestras vidas está en la obediencia diligente que vela por el alma”

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Diciembre 16

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