“1 Pedro 2:20-24 “Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”

 Y aquí la razón por la que respeto y sujeción al amo (v. 18 y 19) y la honra al rey (v. 17), son necesarias: el ejemplo de Cristo, quien en absoluta humildad y mansedumbre padeció por nosotros, rompiendo el patrón que se hubiese esperado ante la acción absurda de su condena.

Newton no aplica en materia espiritual, su materia es otra.

El corazón pecaminoso, sabiendo o no, justifica sus reacciones incorrectas, aquellas que no siguen las pisadas de Jesús, en la Tercera Ley de Newton publicada en 1687 en su “Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica. “A toda acción le sigue una reacción igual pero en sentido contrario”

¿Somos diligentes en seguir las pisadas de Jesús en nuestras reacciones cotidianas o estamos sometidos espiritual y psicológicamente a la Tercera de Newton? ¿Padecemos deliberadamente haciendo el bien? ¿Cuánto engaño hay en nuestra boca? ¿Respondemos mal con mal? ¿Amenazamos bajo presión? ¿Encomendamos nuestras causas al Juez supremo? ¿Nos han sanado sus heridas?

Desarrollar la respuesta correcta ante el estímulo incorrecto es el reto cotidiano en que debemos dedicar nuestra diligencia para abatir nuestro pecado y el ajeno.

¡Rompamos la Tercera Ley de Newton!”

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Diciembre 27

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