“1 Pedro 3:10-12

“Porque:

El que quiere amar la vida

Y ver días buenos,

Refrene su lengua de mal,

Y sus labios no hablen engaño;

Apártese del mal, y haga el bien;

Busque la paz, y sígala.

Porque los ojos del Señor están sobre los justos,

Y sus oídos atentos a sus oraciones;

Pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal”

Dos formas de amar la vida: bien o mal.  No hay opciones intermedias, aunque la ligereza de los tiempos reste importancia a detalles que sí cuentan ante Dios.

Pedro entra al detalle práctico de la esencia misma del ser: cómo relacionarnos. Y nos relacionamos por medio de la comunicación y, por supuesto, surge el tema esencial con el que se construye todo el argumento del Evangelio en la vida del creyente: el habla, la lengua.

Nuestro hablar, viviendo la Palabra.

Como cristianos, que decimos vivir por la Palabra, nuestro hablar define nuestra profundidad de  fe. Cuando nuestro hablar evidencia el hablar engañoso y formas del mundo, algo anda mal en la cosmovisión de nuestro código existencial.

¡Cuidado!, lo “cool” suele ser la difusa línea gris entre el discurso santo y lo profano.

“Refrene su lengua del mal y sus labios no hablen engaño”. Pedro resume en una sola frase todo lo que Santiago 3 nos enseña.

La soledad no existe. Dios siempre está como testigo de nuestra existencia en lo cotidiano o lo extraordinario. Lo inminente de Su mirada y Su escucha debería tener un peso descomunal en lo cotidiano de nuestras formas.

No es solo refrenar la lengua orgánica, sino la del corazón. Esa que elucubra nuestro discurso interno que luego aflora.

Vivamos bien la vida: “Apártese del mal, y haga el bien; Busque la paz, y sígala”

Ayúdanos Señor a honrarte cotidianamente. Amén”

365 Meditaciones…3

Enero 3

Continuará…

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