“1 Pedro 3:10-12

“Porque:

El que quiere amar la vida

Y ver días buenos,

Refrene su lengua de mal,

Y sus labios no hablen engaño;

Apártese del mal, y haga el bien;

Busque la paz, y sígala.

Porque los ojos del Señor están sobre los justos,

Y sus oídos atentos a sus oraciones;

Pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal”

La lengua interna, la del corazón, esa que argumenta nuestras maquinaciones, nuestras iniquidades o nuestra santificación en la soledad de lo que realmente somos, es el testigo esencial que Dios sigue, midiendo las intenciones diligentes  que mueven nuestros procederes, nuestras elucubraciones íntimas, cotidianas.

En lo que decimos y hacemos en lo privado evidenciamos ante Dios el valor que damos a la obra de Cristo en la gloriosa cruz del Calvario, a la gracia que nos salvó.

En la discrepancia entre lo que decimos que somos y la realidad de lo que nos mueve en el interior, se define lo cierto de nuestra fe.

Nuestra fe no la define la vitrina donde el orgullo muestra nuestro buen obrar cotidiano o eventual, sino las motivaciones en Cristo que nos mueven, por lo regular en silencio, en mansedumbre y humildad.

¿Evidencia nuestro “diálogo existencial”, interno y externo, que buscamos y seguimos la paz? ¿Que nos apartamos del mal para hacer el bien? Si pusiéramos en una balanza la sumatoria de nuestros diálogos internos y externos ¿Se inclinaría la balanza al mal o al bien? ¿A la paz o al conflicto? ¿A Cristo o a nuestros egos?

Padre, cédenos el privilegio de que lo que somos  y hacemos sea luz de agradable de justicia ante tus ojos, que lo que hablemos cotidianamente o en la oración pública o el silencio de nuestra intimidad sean argumentos agradables a tus oídos”

365 Reflexiones…4

Enero 4

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