“1 Pedro 3:13-16 “¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo”

¡Qué cosa! La esperanza en Sus promesas, formando el carácter a que estamos llamados, ¡es garantía de “problemas”!

Esta realidad que nos plantea Pedro, tiene dos complementos paulinos que son esencia en nuestra esperanza: ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:31) y “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7)

Bienaventurado el que sufre por causa del Evangelio, porque la esperanza que lo mueve no depende de sus propias fuerzas.

En mucho o poco, ¿sufrimos por el Evangelio? ¿Es mi esperanza tan evidente que molesta a quien no la entiende? ¿Manejamos las objeciones de fe en mansedumbre y reverencia? ¿Se evidencia que buscamos y seguimos la paz? ¿Cuán cierta es mi esperanza en Cristo? ¿Evidencia mi cotidianidad el carácter formado en la verdadera esperanza?

Padre de la gloria, por amor de tu Nombre, forma en nosotros la convicción de esperanza en tus promesas que sea objeto de asombro en quienes no te conocen. Cédenos, a la vez, el espíritu de poder, de amor y dominio propio para honrar tu nombre en nuestra cotidianidad y la defensa de nuestra fe. Amén”

365 Meditaciones…5

Enero 5

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