“1 Pedro 4:1-2 Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios”

Reconocer el padecimiento de Jesús por causa de su ministerio, por y para nosotros, debería llevarnos a la obediencia diligente de la voluntad de Dios, aunque duela.

Reciprocidad agradecida: honrar con nuestra forma de vivir Su sacrificio, armados con la diligencia de tener una buena conciencia hacia Dios. (1 Pedro 3:21 )

Asumir de buena gana la voluntad de Dios en nuestra vida es ejercicio mental, espiritual y físico para doblegar el pecado que nos acompañará siempre.

En mayor o menor grado, la pecaminosidad nos iguala a todos, pero en la diligencia de agradar a Dios, de hacer Su voluntad, se marca la diferencia entre una vida en perdición y una en santidad.

Las luchas del corazón comprometido con la causa de Dios son las mismas que las de un corazón comprometido con el mundo. Solo que el primero tiene un conocimiento, en Cristo, que el segundo no tiene, y el peso de ese conocimiento dicta su forma de vivir y actuar, por y para Cristo.

El conocimiento de Cristo es arma al cristiano, cargada con municiones de esperanza en sus promesas. Un corazón armado así, marcha seguro en medio del valle de las concupiscencias que el mundo ofrece.

¿Lo conocemos? ¿Padecemos por Él? ¿Estamos comprometidos con Su causa? ¿Lo evidencia mi cotidianidad? ¿Habla mi pecado más que mi compromiso?

Pablo, en Efesios 6:10-20, nos dejó el complemento ideal en cuanto al planteamiento de “armaos del mismo pensamiento” (1 Pedro 4:1)

Ayúdanos Señor a honrarte. Amén”

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Enero 10

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