“1 Pedro 4:11 “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén”

Comunicando el poder de Dios, en cuanto somos, hacemos, decimos y pensamos. No a nosotros.

Hay peligro de diluir el mensaje de la Palabra en nuestras elucubraciones conceptuales, cuando la gloria de Su nombre no está en la cotidianidad del corazón y sus hechos.

Las discrepancias continuas, consistentes, entre el hombre del púlpito, la consejería o simplemente un creyente, y su cotidianidad, evidencian que el egoísmo mueve su historia y no la gloria del Nombre de Dios.

A pesar del pecado inherente al corazón caído, es aún posible que el discurso y los hechos de una vida sean congruentes, conformes a la Palabra. Hay esperanza.

Todo testimonio de vida cristiana tendrá la mancha del pecado cotidiano ante los hombres, pero cuando ese testimonio evidencia el accionar de la gracia y la disposición del corazón a “conformarse” de acuerdo a la Palabra,  a pesar del pecado y ante Dios, hay un siervo para Su gloria.

Nos hacemos seguidores de Cristo, no por el esfuerzo intelectual de un discurso angelical y devoto, no. Lo hacemos cuando nuestra cotidianidad evidencia la dependencia de nuestro ser, hacer y hablar,  en el poder de Su Palabra y sometimiento a Su santo Espíritu.

La conversión a Sus caminos nada tiene que ver con esfuerzo alguno del hombre, sino con la elección, desde la eternidad pasada, de ese corazón; pero hay una cuota de diligencia cotidiana, que no salva, donde se evidencia la obediencia para la gloria de Su Nombre y poder.

Esto apela Pedro.

¿Glorifica mi obediencia a Dios?”

365 Meditaciones…17

Enero 17

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