“1 Pedro 5:1-3 “Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”

Apacentar y cuidar, no forzar para vencer.

La iglesia, en tanto institución humana, no escapa, ayer ni hoy, a las garras de egoísmo del corazón olvidando la misericordia y la caridad, para en su lugar ejercer el orgullo y la soberbia de la imposición, desgraciada, que la lleva a obviar las funciones de apacentar y cuidar.

El liderazgo responsable.

Pedro, el sanguíneo impulsivo, quien cortó la oreja de Malco en Getsemaní, a quien Jesús le dijo apártate de mi Satanás, a quien Jesús detuvo en el acto para hacerle saber que le negaría tres veces, ese impulsivo, ya domado por la gracia, entendió que su función era la de apacentar y cuidar.

Amar no es imponer. Amar obrando es responsabilidad del liderazgo de la iglesia.

La falta de amor se siente en las iglesias a través del liderazgo. La frialdad y lejanía del liderazgo da la espalda a la función esencial de apacentar y cuidar. Peligro grande hay cuando la función del cuidado queda en la gestión de un consultorio de psicólogo.

Jesús, en Juan 21:15-17, preguntó tres veces a Pedro si le amaba, para tres veces instruirlo en un mismo sentido: “pastorea y apacienta a los míos”

La cotidianidad de las congregaciones evidencia el forcejeo del corazón del liderazgo con esta instrucción.

Sólo un liderazgo amando, diligentemente, la grey del Señor, vence ese forcejeo” 

365 Meditaciones…25

Enero 25

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