“1 Pedro 5:8-9 “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo”

Vela y sobriedad nos preparan para las asechanzas, pero sólo firmes en la fe ganamos en esperanza la batalla cotidiana, afirmándonos en la resistencia al maligno.

No ceder. Como creyentes, los padecimientos deben sernos promesa segura,  por ello Pedro nos exhorta a resistir firmes en la fe, y no hay otra forma de cultivar la firmeza en medio del padecimiento que en la oración íntima, esa que acerca nuestro corazón al pie de la gloriosa cruz.

Cuando el calor de la prueba azota, la oración es el camino al oasis de la esperanza.

Nada desconcierta más al león rugiente que un corazón resistiendo sus asechanzas al afirmarse en la fe. Nada desconcierta más al león rugiente que un corazón orando en medio del padecimiento. Nada desconcierta más al león rugiente que un corazón emulando a Cristo en su agonía, colgado en el dolor, aferrado por la esperanza y no por los clavos de fierro.

Pudiéramos estar perdidos, en el peor momento de nuestra historia, pero nunca podemos olvidar la diligencia de venir al pie de la cruz en medio de la angustia. Allí ganamos la batalla al león rugiente. El león rugiente gana la batalla cuando el corazón afloja la fe.

No estamos solos.

El peor desmotivador para un creyente es creer que su padecimiento  es caso único, especialmente diseñado para nadie más que “yo”. Por eso Pedro nos llama a saber “que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo”

Padre líbranos del desconsuelo de pensar que peleamos solos la batalla

365 Meditaciones…30

Enero 30

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