“2 Pedro 1: 5-8 “vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo”

La fe es don de Dios y Dios pone el querer como el hacer en el corazón caído. Ahí nuestra esperanza. A nosotros solo nos toca obedecer.

La batalla de la fe comienza cuando llegamos al pie de la cruz. Desde entonces, la carnalidad natural busca enceguecer al corazón que ha sido tocado por Dios. Es ahí donde, por medio de la fe que nos da el Espíritu de Dios, despertamos a una consciencia, paulatina, sobre el pecado en nuestra cotidianidad.

Evidenciando el Fruto del Espíritu.

Diligencia es obedecer a la voz del Espíritu, y el objetivo de ese llamado es desarrollar en el creyente las evidencias de Su presencia.

Nuestra esperanza se evidencia en la obediencia diligente.

La diligencia que nos mueve en el sentido de Su honra, es consecuencia natural de obedecer la voz del Espíritu. La madurez de fe se alcanza por la obra del Espíritu que añade virtud, conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, afecto fraternal y amor, a un corazón caído.

Esta secuencia hermosa de atributos que hace Pedro (v. 5-7) es un llamado al crecimiento en el Espíritu, similar a como hace Pablo en Gálatas 5:16-26 donde nos describe el Fruto del Espíritu que se muestra como consecuencia de abandonar las prácticas pecaminosas en obediencia diligente.

La gran esperanza del cristiano está en saber que sólo le resta obedecer, porque la obra es del Señor.

¿Somos obedientes?”

365 Meditaciones…35

Febrero 4

Advertisements