“2 Pedro 3:8 “Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día”

Eternidad: el mayor reto al corazón caído.

La esperanza de quien espera en el Señor guarda la esencia de eternidad en un estuche perecedero llamado cuerpo.

El limitado horizonte que impone el corazón en lo cotidiano es lo que limita la presencia de la promesa de eternidad en Cristo en la cotidianidad de sus días. Buscando satisfacer el viaje a ese límite que impone la carne, en el inmediatismo de la carnalidad pecaminosa en todas sus acepciones, perdemos de vista la verdadera línea del horizonte que nos toca en lo eterno, como hijos de Dios.

El regreso de Cristo es el elemento que Pedro defiende en este capítulo tres, ante los ataques de quienes ponen en duda la eternidad de sus promesas.

Al presentar este consejo, Pedro sabe que uno de los ataques esenciales del maligno es la promoción de lo inmediato que entra en contraposición a la paciencia del obrar de un Dios eterno.

El mismo corazón, débil por la carnalidad de lo inmediato, operaba hace dos mil años, igual que hoy.

Sembrar la duda sobre la certeza del regreso de Cristo es una de las tácticas más usadas por quienes niegan el Evangelio. En su esclavitud de lo inmediato, no tienen noción de eternidad, y atacan al corazón redimido en su esperanza anclada en un Dios que es eterno, y cuyas promesas le colocan en posición de lucha por vivir esa eternidad.

Sintonizar las expectativas del corazón caído con la noción de eternidad que este verso, recordatorio de Salmo 90:4, supone, es procedimiento esencial para sostener la esencia de nuestra fe en lo cotidiano.

¿Cuánto de eternidad pongo en mis decisiones cotidianas?”

365 Meditaciones…59

Febrero 28

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