“ 1 Juan 1:1-5 “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido. Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él”

Juan, “el discípulo a quien amaba Jesús” (Juan 20:21), el Evangelista, quien recibiera la revelación del libro crucial de nuestra esperanza, el Apocalipsis; Juan el privilegiado Apóstol verdadero que muere de viejo en la isla de Patmos y no en las angustias de sus compañeros de lucha, es el autor de esta carta que, hoy marzo 5 del 2016, comienzo a estudiar.

La autoridad de Juan para escribir esta carta, por los “detalles” anteriores, es incuestionable.

La introducción que asume en estos primeros cinco versos de su Primera Carta es contundente. Toma una ruta de inicio similar a la que usa en la apertura de su Evangelio. En esta carta, lo hace, anclado, en el punto de vista privilegiado del testigo presencial de ese Verbo que describe en el inicio de  su Evangelio, y con tal enfoque, evidencia su intención de retomar la esencia misma de la fe cristiana que por el momento parecía estar amenazada por los mismos falsos maestros de quienes Pedro venía hablando en sus cartas, escritas algunas décadas atrás entre los años 62 y 67 D.C.

Juan escribe su primera carta entre los años 85 y 90 DC y el propósito que evidencia su introducción nos da la ruta que seguirá: “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él”

365 Meditaciones…66

Marzo 6

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