“1 Juan 1:1-5 “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido. Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él”

La profundidad del mensaje introductorio de Juan, movido por el Espíritu, se ampara en la historia completa de la historia de la redención, sustentado en la analogía de que Dios es luz.

Desde el momento de la Creación en Génesis 1:4 “Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas”, hasta el momento en que, la luz del mundo se agotaba en la cruz del Calvario para resplandecer de nuevo al tercer día en la gloriosa resurrección, la luz y las tinieblas han sido las representaciones del bien y el mal.

La presencia de Dios separa la luz de las tinieblas en la vida del creyente, por medio de la obra de Cristo. La conversión verdadera es ese momento en que, estando en tinieblas, Dios nos llama a su luz para ver nuestras propias tinieblas, que nos separaban de Él.

Como nos dice 1 Pedro 2:9 “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;” Aquí Pedro, tal como lo hace Juan nos da el motivo esencial de nuestra vida de fe: anunciar las virtudes de aquel nos llamó.

¿Lo estamos haciendo?”

365 Meditaciones…68

Marzo 8

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