“1 Juan 2:1-3 Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos”

La severa ternura de un sabio consejo.

Juan, anciano en las postrimerías de su vida, nos escribe, inspirado por el Espíritu, como a sus “hijitos”.

Aquí, Juan comienza a desarrollar el mensaje de introducción en los diez versículos anteriores, donde nos deja un principio esencial, “Dios es luz y en Él no hay tinieblas”,  y tres mensajes para “aterrizarlo”: somos pecadores, no debemos pecar y finalmente, sólo por medio del sacrificio glorioso de Cristo, tendremos comunión verdadera con Dios.

Alcanzar la comunión verdadera con Dios a través del Hijo es el objetivo, el “¿para qué?” que Juan indica en 1:3

Juan usa en estos primeros versos del segundo capítulo, dos figuras esenciales para describir las “funciones” de Jesús, origen, eje y centro de la historia de la redención: Él es nuestro abogado, hoy, para con el Padre y Él es la única propiciación por nuestros pecados.

Al momento de escribir esta carta, la iglesia sigue, como hoy, bajo ataque por falsos maestros desvirtuando las enseñanzas de Cristo y si datamos el documento entre el 85 y 90 DC, vemos que está dirigiendo ésta carta a la iglesia de la segunda generación de creyentes.

Han pasado entre 50 a 55 años desde la muerte de Cristo. Es por ello que Juan habla con la autoridad del testigo presencial en la introducción a la carta.

Esta carta busca reafirmar verdades, a un pueblo que pudiera estar “olvidando” la esencia de su fe.

Parecería para hoy. ¿No?”

365 Meditaciones…72

Marzo 12

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