“1 Juan 3:2-3 “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”

La esperanza en Sus promesas es lo que sostiene los pasos del creyente en caminos de santidad. Quien pierde de vista esta esperanza, pierde el camino, la verdad y la vida.

El carácter paternal y amoroso del anciano Juan salta de nuevo en la forma como se dirige a su audiencia para hacerles saber su, y nuestra, condición presente: Amados, ahora somos hijos de Dios…”. La sola idea de sabernos hijos de Dios debería ser suficiente para sustentar nuestras convicciones de fe, pero Juan nos sigue dando buenas noticias. No es sólo que somos sus hijos, sino que lo que llegaremos a ser, cuando Él se manifieste, será su real semejanza.

Este planteamiento nos lleva al Génesis 1:26-27, donde Moisés nos dice lo que Dios le reveló sobre nosotros, el género humano: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”

Sus hijos, volveremos al diseño original cuando Él se manifieste en Su glorioso regreso.

La perfección de su semejanza, no es sólo en el aspecto visual sino en el aspecto espiritual que se alcanza en la purificación del ser (v.3) por medio de la cercanía de nuestra comunión con Dios. Recordemos que Juan está llamando a la iglesia a fortalecer su comunión con Dios.

Abrazar a Dios ilumina el alma. El corazón aferrado a la esperanza en sus promesas no da espacio para que el pecado se asiente en su tiempo. ¿Cuánto espacio estamos dejando entre nuestro corazón y Dios? ¿Vivimos un continuo abrazo espiritual con Dios.

La comunión cierta y cercana con Dios se nota en el carácter que evidenciamos en nuestra cotidianidad y ese carácter se refleja en la “luz” que refleja el rostro del creyente. Esa imagen, de la luz en el rostro, me lleva a aquel pasaje de Éxodo 34:29-30, cuando luego de pasar cuarenta días y cuarenta noches en presencia de Dios, Moisés desciende del Monte Sinaí con las tablas del testimonio “…no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios. Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente…

Así será cuando estemos en su presencia. Eso que hoy es un lejano reflejo en el rostro de paz de quien tiene su esperanza anclada en Sus promesas, será la realidad evidente cuando Él vuelva.

Sólo en la comunión cercana y cierta con Dios podemos ser transformados y esto se logra en la oración constante y la obediencia feliz de nuestra esperanza.

Gracias Dios por la esperanza que nos sostiene, a pesar de nosotros mismos. Que la luz de tu rostro resplandezca sobre nosotros, hoy y siempre. Sostennos en fidelidad”

365 Meditaciones…89

Marzo 29

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