“1 Juan 3:3-6 “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro. Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido

Fidelidad a la esperanza en Cristo. La comodidad en nuestra infidelidad a esa esperanza, es evidencia de que el arrepentimiento no está incluido en nuestra ecuación de fe. La esperanza cierta en Cristo purifica el andar del creyente.

El camino de la purificación se anda en la esperanza en Cristo que no da opción a los atajos del pecado.

Buscar el rostro de Dios es la lucha cotidiana de nuestra caída naturaleza. Si realmente lo buscamos, la noción de pecado debe ser alerta que rija nuestras opciones, decisiones, actitudes y respuestas ante todo y ante Dios. Pecar es realidad inherente a la condición caída del hombre, pero nunca será opción deliberada para quien vive en comunión y esperanza en Jesús.

El pecado nos iguala a creyentes y ateos. La diferencia en esa común realidad, está en la esperanza que como creyentes hemos depositado en sus promesas y la fidelidad que a esa esperanza mostramos en la cotidianidad de vivir por medio del arrepentimiento y la dependencia con que asumimos la gracia del perdón.

En estos tres versos, Juan hace un interesante acercamiento en cuanto al pecado. El pecado, ante todo, es ofensa ante Dios, pero también ante la Ley: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley” (v. 4) Jesús en su ministerio vino no sólo a cumplir cabal y plenamente la Ley por nosotros, sino a revelar la interpretación correcta a que estamos abocados de acuerdo a lo que nos enseña por medio Su ejemplo de vida y su magisterio.

Más allá de cumplir la Ley y enseñarnos, Jesús se hizo propiciación para el perdón de nuestros pecados, esa fue su función de vida, motivado en Su amor incondicional, incomprensible, inmensurable e inmarcesible.

¿Honramos ese amor permaneciendo en nuestra lucha cotidiana por aferrarnos a la esperanza en Él?

Ese amor se honra, permaneciendo en Él, es decir, aferrados a la esperanza en Él, porquetodo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (v.3)

¿Cuanta pureza evidenciamos?”

365 Meditaciones…90

Marzo 30

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