1 Juan 3:12 “No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas”

Envidia y ego, asesinos terribles del amor entre hermanos.

La agudeza con que Juan maneja el tema del amor entre los hermanos, y la coherencia en que la historia de la redención ha sido escrita, se encuentran en este sólo verso, donde Juan trae un episodio del principio de los tiempos para explicar una realidad de la iglesia de su tiempo e incluso para nosotros en este Siglo XXI que nos toca: la envidia que nace del ego.

Quien se descuida enfocándose en su propia imagen de justicia, destruye, hasta ejerciendo la “mejor” de las intenciones. La mejor de las intenciones movida en el ego de la autoimagen de justicia rompe lazos y quiebra relaciones.

Este verso es la contraposición del verso 11, donde Juan nos deja la instrucción de Jesús: “Que nos amémonos unos a otros”. ¿Por qué mató Caín a Abel?, la pregunta nos lleva al origen de la amargura de Caín en Génesis 4 cuando las ofrendas de su hermano Abel fueron de mejor agrado a Dios que las suyas. En su amarga envidia, la noción del amor fraternal fue consumida. El final de la historia de Abel lo conocemos: muere en manos de su hermano Caín.

La elección que Dios hace de la gente, su caminar y su ofrenda es de la exclusiva voluntad de Dios, que ve la dimensión del amor y el compromiso de aquellos que en verdad lo aman a Él y no su autoimagen.

La modernidad de la iglesia presenta un reto terrible en el choque de egos y propósitos errados de quienes la dirigen, desde el púlpito o desde los diversos ministerios que la componen.

Cuando el ego es el motivo de la ofrenda en el servicio a la iglesia, se nota y se sufren las consecuencias en la rotura de relaciones, en los problemas que surgen fruto del vil ego dirigiendo e influyendo corazones, en los procesos en que buenos corazones tiran la toalla en el servicio ante la arrogancia de quienes, endiosados en sus “altos conocimientos” y certificados de títulos cursados, atropellan, hieren y matan las mejores intenciones.

Nada escapa a la voluntad divina. Dios tiene el control, incluso de aquellos que en su ego y en su envidia colocan por delante su ofrenda, matando la grosura y la primicia de las ofrendas de quienes sin ego, aman servir al Señor.

¿Es tu servicio en la iglesia evidencia de amor por el hermano o monumento irreverente al ego, la autoimagen y la envidia? ¿Cuánto amor cierto mueve tu servicio ministerial? ¿Cuánta autoimagen y autopromoción?

“Ciro, mi siervo…”, en eso confío Señor…”

365 Meditaciones…94

Abril 2

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