1 Juan 3:19-20 “Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él; pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas”

Nada es más gratificante que la complicidad de Dios en el silencio de nuestra misericordia para con el hermano en necesidad.

La verdad de lo que somos, en Cristo, queda evidenciada en la misericordia cotidiana, fruto de la obediencia a la voz del Espíritu, que nos gime, para que nos derramemos en la ayuda a los hermanos en necesidad.

La secuencia que hace Juan de los versos 16 al 20 es exquisita, no sólo por el hecho de que nos confronta en la cotidianidad de nuestra probable falta de amor por el hermano, sino porque al mismo tiempo nos da una promesa implícita en el hecho de que “aseguraremos nuestros corazones delante de él”, pero, ¿cómo lo aseguraremos? ¿Cómo nos aseguramos delante de él?, Juan nos da la respuesta de antemano en los versos 17 y 18 Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad”

Sólo cuando la norma de nuestro amor cotidiano sea la respuesta de hecho, de acción ante la necesidad del hermano, entonces “conoceremos que somos de la verdad” por parafrasear el verso 16.

No nos llamemos a engaño, es en la cotidianidad donde se mide nuestro amor por el hermano, nuestro amor por la misericordia. No es en el buen viaje misionero a cualquier parte. No es en la gran donación eventual y planeada, tampoco es en el diezmo u ofrenda recurrente en nuestras iglesias. Todo eso es válido y si lo hacemos, Dios nos bendiga. Pero no.

El amor cotidiano por los hermanos en necesidad, surge de la contrición de espíritu que nos causa ver o saber del dolor ajeno.

Ese amor se mide a diario ante la mano que se extiende en los semáforos o en los caminos. Ese amor se mide en nuestra reacción a nuestro entorno inmediato en necesidad. No nos engañemos, Dios nos coloca la necesidad en nuestras narices para medir en verdad nuestra obediencia a al voz del Espíritu que clama por nuestra misericordia.

¿Qué evidencia tu misericordia cotidiana? ¿Sufres la necesidad ajena? ¿Mueve la necesidad ajena tu misericordia? ¿Es tu misericordia una fuerza activa obrando o un bonito sentimiento que expresas convenientemente en grandes obras eventuales? ¿Estás tranquilo con tu actuar eventual cuando con extraños y extranjeros, cuando la cotidianidad de tu entorno inmediato gime y clama por tu misericordia?

La manifestación del amor, en cubrir las necesidades del hermano en carencia, es muestra de obediencia a la voz del Espíritu hablando al corazón.

Cuando dar no nos duela, sabremos que el dinero no es nuestro señor y salvador.

365 Meditaciones…96

Abril 5

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