1 Juan 3:23-24 Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado. Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado

La conveniente y cómoda cara, de una misma moneda que no se fracciona.

Por hacer una analogía, digamos que en la vida del, la fe, es la moneda de curso legal con la que negociamos cada día nuestro estatus espiritual. Nada compramos con ella, porque ya hubo quien pagó nuestras deudas, y el único bien que con ella podemos comprar, Él lo compró allí en la cruz: la vida eterna.

La fe es esa moneda con la que pretendemos negociar nuestra “espiritualidad” cotidiana. Esta moneda tiene de dos caras y una misma imagen: Jesús. En una cara de la moneda está Su rostro molido, desfigurado, luciendo la corona de espinas sobre su cabeza y una inscripción que dice: “¿Crees en mi?”. En la otra cara de la moneda está Su rostro sonriente, resucitado, y la inscripción “Si crees en mi, ama a tu hermano y guarda mis mandamientos”.

Creer en Él no es suficiente. La moneda tiene dos caras inseparables. Amar al hermano y guardar sus mandamientos, es la obra que toca a nuestra diligencia y compromiso de fe.

Santiago es urticante en un planteamiento que, bien vale traer a colación: “Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? Santiago 2:18-20

Obedecer esos dos mandatos particulares: amar a tu hermano y guarda mis mandamientos, es crítico para saber, que eso que creemos está en el corazón, no es la elucubración de la carne buscando aferrarse a una idea con la que no estamos comprometidos, pero con la que nos sentimos cómodos, muy cómodos.

La comodidad de creer es engañosa. No basta sólo creer, “también los demonios creen, y tiemblan”. Esta moneda de la fe, no es fraccionable. No hay forma en que, con ella, podamos vivir una espiritualidad verdadera obviando una de las dos caras. Pudiéramos tenerla en el bolsillo y creer que por ella vivimos. Pero, ¿Creemos en Él? Pero, ¿Amamos como nos lo ha mandado? Pero, ¿Guardamos sus mandamientos? O es que acaso ¿creemos como demonios, comunes, corrientes y peligrosos?

De la diligencia deliberada que pongamos en obedecer y amar, dependerán las evidencias del obrar del Espíritu en nuestras vidas. Ayúdanos Señor”

365 Meditaciones…98

Abril 7

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