A modo de colofón para esta revisión que hemos hecho de 1 Juan 3, digamos que este capítulo es una confrontación directa a nuestra realidad como creyentes, en tanto nos lleva a revisar nuestra cotidianidad en cuanto a creer, en cuanto a amar y nuestra cotidianidad en cuanto a obedecer

La versión Reina-Valera titula este capítulo como “Hijos de Dios”. Este capítulo, trae a la aplicación práctica en lo cotidiano, la realidad con que Juan busca confrontarnos y que es eje de la vida de fe: nuestra verdadera comunión con Dios por medio de nuestra comunión con los hermanos. (Ver 1 Juan 1:3)

1 Juan 3, es, aún en medio del tema central del amor fraternal a que estamos llamados, un severo llamado de confrontación para ver cuán Hijos de Dios revela nuestro proceder que somos, en la “justicia” con que actuamos. Por esto Juan usa también el calificativo de hijos del diablo en contraposición al de Hijos Dios (Ver 1 Juan 3:10)

Para efectos de aplicación práctica hay un verso en particular que deberíamos considerar y es 1 Juan 3:18 “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” El amor no es simplemente un sentimiento. Amar es emular, en hechos, para con los hermanos, el trato que Dios nos dispensa en lo personal y que nos llevó a sus pies. La aplicación práctica del amor de Dios en nuestras vidas se debe reflejar en nuestras relaciones dentro de la iglesia, porque si el amor sacrificial a que estamos llamados, emulación de aquel derramado en la cruz, no se de con los hermanos en Cristo, que decimos amar ¿cómo va a darse con los extraños a Cristo?

El cierre de este capítulo 3 de 1 Juan, nos deja el mensaje central que esta porción de la carta quiere transmitirnos, en tanto Hijos de Dios: “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado. Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado”

Creer, amar y obedecer, son las marcas no separables de los verdaderos Hijos de Dios. No hay forma de cumplir la fórmula de ser Hijos de Dios si uno de estos elementos falta.

¿Qué fallamos? ¡Claro!, pero el tema no es si fallamos, el tema es el compromiso que tenemos para levantarnos y mirar de nuevo a la cruz que es el símbolo de nuestra redención. ¿Qué fallamos? ¡Claro!, pero el tema no es si fallamos, el tema es la humildad y mansedumbre con que asumimos nuestra incapacidad de llenar la obediencia de amar y creer de la forma en que estamos llamados.

Creer, amar y obedecer son elementos esenciales de la vida de oración de los Hijos de Dios. ¿Son estos elementos parte de nuestra oración personal, privada, íntima? ¿Buscamos de corazón creer, amar y obedecer? ¿Cuán comprometidos estamos con mirar a la cruz desde el arrepentimiento que nos lleva de rodillas?

365 Meditaciones…99

Abril 8

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