1 Juan 4:1-3 Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo

El escenario al que Juan refiere estos primeros versos del capítulo 4, es claro: hubo entre ellos falsos hombres, profetas refiere Juan, quienes negaban que el mesías había sido un hombre de carne y hueso.

El escenario hoy, para que en la iglesia se cuelen esas ideas es más sutil y peligroso. La proliferación de falsos profetas, apóstoles, maestros y pastores, movidos por el ego de su “conocimiento del Señor” está colocando a la verdad de Cristo como un todo (no sólo como Jesucristo Hombre) tras bastidores, para enfocarse en el culto a la personalidad del predicador.

El bombardeo de las, mil y una, doctrinas extrañas a Jesucristo hombre, clamando por la celebración de la carne en el hoy, aquí y ahora de la falsa prosperidad, atenta contra la iglesia de Cristo, que hoy cree clamar por la verdad de Cristo, pero que no sabe que está siendo escondida tras las intenciones erradas de falsos hombres de Dios maquinando su propio plan de salvación egolátrica o financiera, y no precisamente espiritual.

Negociantes de una falsa fe. Que el mundo esté perdido se entiende. No tiene a Cristo, está claro. Pero que la iglesia llegue a desvirtuar su esencia misma en la falsedad plasmada desde el púlpito y el liderazgo, es desastroso.

La amenaza de la iglesia hoy está en la falsedad de maestros que suben al púlpito para tomar la palabra (su palabra de ellos), movidos por un solo espíritu, el de la egolatría. Peor aún si van con sed de dinero.

Tanto daño hace el que sube al púlpito por dinero, como el que lo hace por el ego de su propia sabiduría. Tanto o más daño hacen éstos, que aquellos del mundo que niegan a Cristo abiertamente.

La naturaleza de la función ministerial es asunto de espíritu, no de carne, ni de ego, ni de orgullo, ni de sabiduría. La función ministerial no la sostienen títulos académicos que a muchos, quizás entrenan, pero que a nadie salvan. La confesión de Cristo como Señor y Salvador queda en entredicho cuando el “hombre de Dios” no evidencia en su obrar cotidiano el mover del Espíritu de Dios.

El poder de Dios en la labor ministerial se evidencia en el producto que sale de la enseñanza de ese ministro. ¿Está la labor ministerial cambiando vidas para Cristo o creando seguidores en redes sociales?

Cuando la labor del líder ministerial tiene más de estilo personal para adecuarse a la audiencia, que de esencia espiritual para formar y transformar a la audiencia por medio de la verdad de la Palabra de Dios, algo anda muy mal.

Hacer una mirada introspectiva a nuestras iglesias se hace urgente.

¿Cuánto de Su Verdad está moviendo el servicio ministerial, cuánto de ego malsano y promoción personal?”

365 Meditaciones…101

Abril 10

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