“1 Juan 4:20 Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?

“¡Touché!” diría un francés.

Juan, imbuido en la realidad inexorable que mueve el puro amor incondicional de Dios en y para con nosotros, no escatima esfuerzos para recordarnos la fragilidad condicionada de nuestra capacidad de amar.

Juan habla de aborrecer al hermano, al “adelphos” que en griego es el hermano en la fe, ese que en Cristo Jesús y ante Dios, es nuestro hermano, nacido de nuevo del mismo Dios de quien nacimos de nuevo.

¿Tienes hermanos en al fe a quienes tu amor no puede llegar? ¿Evidencia la condicionalidad preferencial de tu amor un trasfondo de aborrecimiento impertinente? ¿Amamos condicionalmente a los hermanos?

Pero más allá del caso de los hermanos, cuando de amor se trata, las enseñanzas del Maestro son claras y no dan margen a especulaciones: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;” (Mateo 5:44)

Es un tema que me confronta, lo admito. “A confesión de partes, relevo de pruebas” dicen los abogados, y ante la profundidad de este recordatorio de Juan y las palabras de Jesús, no cabe más que reconocer lo mucho que me falta (“yo soy el primero” diría Pablo) y nos falta, en cuanto a la incondicionalidad de amar.

Amar es un ejercicio y disciplina esencial de fe y sin embargo, en la cotidianidad de nuestro pecado aborrecemos con ganas, con bombos y platillos.

Por decir y para efectos prácticos, pensemos por ejemplo en política. Identifiquemos cuánto amamos o cuánto odiamos, cuánto aborrecemos a esos personajes de la historia suya y mía, responsables en su abuso, indolencia, arrogancia o apatía de toda la corrupción que se ha robado los sueños y las esperanzas…Onomatopeya requerida, (Ayúdeme aquí e imagine por cuatro segundos y medio el sonido de un vehículo frenando a alta velocidad…), seamos honestos, el político o la persona que es objeto de nuestra falta de amor, por no decir aborrecimiento u odio, no nos ha robado nada, simplemente hemos perdido, en nuestras falsas expectativas, el foco de nuestras esperanza y el motivo de nuestros sueños por estar buscando sueños o esperanzas dependientes de hombres corrompidos y no de Dios.

Al olvidar la fuente de nuestra esperanza y la roca fuerte de nuestra fe, damos paso a que el odio y aborrecimiento se infiltren en la fibra misma de nuestro corazón, entorpeciendo la obra que el amor de Dios quiere hacer en y con nosotros.

Perdona Señor mis olvidos, recurrentes, evidenciados con ganas, con bombos y platillos.

¿Cuánto de nuestra falta de amor es fruto de nuestras erradas esperanzas? ¿Cuánto de nuestra falta de amor es evidencia de nuestra gran duda acerca de Su amor? ¿Conocemos Su amor?”

365 Meditaciones…112

Abril 21

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