“1 Juan 5:16-18 “Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida. Toda injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte. Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca”

La riqueza en enseñanza de estos versos de Juan es grande. El pecado nos iguala y debemos saberlo, porque “toda injusticia es pecado”. Tal como nos recuerda el pequeño gran Pablo en Romanos 3:9-11: “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios”

“No hay justo, ni aun uno” ¡Wao!, ante este planteamiento la gracia toma una dimensión monumental y sólo cabe mirar al cielo y decir: ¡Gracias Dios por la gracia que nos libra de la muerte eterna! ¡Gracias Dios por Cristo!

Juan nos deja, en estos tres versos de su primer carta, una confrontación y una esperanza: “Hay pecado de muerte”, “pero hay pecado no de muerte.

La muerte a que Juan refiere no es sólo la muerte física, sino la muerte espiritual, la muerte eterna. La muerte física a todos nos toca, pero la muerte eterna, la muerte espiritual no toca a quienes hallan la vida eterna en el Hijo.

El nuevo nacimiento, redimensiona en nuestro corazón las manifestaciones del pecado propio y del pecado ajeno por el accionar del Espíritu trayendo convicción de pecado, y ante esa convicción instantánea, necesariamente, surge una oración de perdón. Ese es el llamado que nos hace Juan: orar ante el pecado para que la vida cubra la muerte, venza a la muerte.

Juan nos llama a la acción contra el pecado al recordarnos que quien ha nacido de Dios, no practica el pecado.

El maligno toca al creyente pecador, cuando vive más como pecador que como creyente.

Como pecadores, nuestras convicciones de fe se definen en nuestra condescendencia ante el pecado, en nuestra aceptación del pecado. Esa condescendencia y aceptación ante el pecado sólo evidencia que la convicción de pecado no existe, luego la duda queda establecida sobre nuestra condición de “nacidos de Dios”.

La Palabra de Dios es clara sobre el pecado de muerte. Jesús, dejó el mensaje preciso cuando dijo:A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero Dios nos libre de la condenación eterna en el pecado imperdonable y nos fortalezca en las convicciones de fe que dimensionan correctamente nuestro pecado real, cotidiano y recurrente, consciente o inconsciente.

¿Cuán conscientes somos ante el pecado? ¿Cuán “tolerantes” somos? ¿Es nuestra “tolerancia” afrenta ante Dios? ¿Sabemos que nuestra tolerancia ante el pecado es condenación al pecador? ¿Cuán clara tenemos nuestra noción de pecado? ¿Cuán a flor de piel tenemos nuestras convicciones de pecado? ¿Es nuestro pecado propio motivo de oración? ¿Y el ajeno?

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Mayo 4

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