“1 Juan 5: 19-20 “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna

Juan, en estos versos, nos trae la absoluta certeza de a quién pertenecemos, qué verdad nos mueve, dónde estamos, qué nos toca. ¿Vivimos estas certezas? ¿Quién es la respuesta a estas certezas en nuestra vida, hoy? ¡Cristo y solo Cristo!

Al escribir estas ideas, me imagino que Juan trepidaba. En este punto está llegando al final del documento y quiere cerrar con las ideas más poderosas. Por hacer una analogía, digamos que son los metros finales de una maratón. Ese tramo en que el corredor da el todo y dispone la esencia misma de su ser para completar la carrera. Así me imagino a Juan, con la diferencia de que llega, no cansado, sino fortalecido, brillante, feliz.

Lo polos opuestos de la vida misma nos deja Juan en estos versos. Estos versos son la apología de la verdad absoluta que es Dios en la persona que es el bien absoluto que es Cristo.

Parecería contradictorio el planteamiento inicial de que sabemos que somos de Dios pero que el mundo está bajo el maligno. Siendo nosotros seres caídos, viviendo en un mundo caído ¿Cómo es posible que seamos de Dios y cómo saberlo? La posibilidad de que esto sea así tiene una sola respuesta: es por gracia. El cómo saberlo es una respuesta que escapa a nuestro entendimiento, pero es una realidad que se vive, se siente y se sabe por medio del Espíritu.

Quien ha conocido y reconocido al Hijo como Señor y Salvador, es de Dios, independientemente de nuestra realidad caída, el Espíritu habla, y nos habla en el momento preciso cuando, viviendo en este mundo caído que nos toca, entramos con los pasos de nuestra propia iniquidad al escabroso terreno del maligno.

La voz del Espíritu es la mejor respuesta a nuestras dudas de fe cuando la convicción de pecado inunda nuestras penas, basta con detenernos a escucharla en el silencio de una oración contrita.

El pequeño gran Pablo, en Romanos 8:15-17, nos deja un exquisito recordatorio, de este hablar del Espíritu, para cuando la duda nos asalte y el mundo bajo el maligno quiera robar nuestra certeza y gozo en Cristo:   “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”

¿Vivimos las certezas que Juan y Pablo declaran en estos pasajes?¿En quién somos lo que hoy somos? ¿Qué tenemos en quién o en qué? ¿Escuchamos y obedecemos la voz del Espíritu o los cantos de sirena del mundo nos distraen de la fuente de gozo verdadero? ¿Dónde encontramos nuestro gozo cotidiano? ¿En Dios o en el mundo? ¿Hay áreas y momentos en que nos hacemos los sordos?

¡Abba Padre!, permítenos vivir el gozo de la certeza de saber que somos tus hijos, en todo lugar y en todo tiempo. Que por el poder de tu Espíritu podamos levantar la verdad del Nombre que es sobre todo nombre: Cristo Jesús.

365 Meditaciones…126

Mayo 5

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