“2 Juan 1:4-7 “Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre. Y ahora te ruego, señora, no como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros. Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos. Este es el mandamiento: que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio. Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo.

La iglesia como cuerpo de Cristo, sin el cuerpo de Cristo, no existe.

La negación de la humanidad de Jesucristo, Dios hecho hombre, es lo que mueve a Juan, por inspiración divina, a escribir esta segunda carta. Juan sustenta sus argumentos en Aquél de quien han atestiguado “desde el principio”, por medio de lo que han oído y por medio de la obediencia a aquello que han oído.

Obediencia y amor, esencias de la fe.

El amor de Dios reflejado en las relaciones entre los hermanos en Cristo es el argumento de Juan, ante los ataques a que la iglesia estaba siendo sometida por aquellos que niegan a Jesús como Dios hecho hombre. Juan sabe, como apóstol verdadero compartiendo el polvo de los caminos con el Maestro, quién es Jesús, y cómo la negación de las enseñanzas de Jesús, en cualquier aspecto de su existencia, atenta contra la iglesia.

La humanidad del Cristo es un tema doctrinal, de enseñanza fundamental, innegociable. Sin esta realidad, toda la historia de la redención misma se desmorona. Por ello la urgencia que el anciano Juan imprime en estos primeros versos: Y ahora te ruego”, escribe Juan.

El amor, en Jesús, como elemento vinculante es la fuerza que aglutina al cuerpo de Cristo, su iglesia. Juan apela al amor como la fuerza esencial que sustenta cuanto sabemos y creemos por medio de la fe. Es por medio del amor de Dios que la salvación ha sido dada en el sacrificio de ese “cuerpo” que los engañadores del primer siglo negaban.

Amor y obediencia son las soluciones que Juan plantea a esta mujer o esta iglesia. Su consejo aplica a nosotros, hoy. La iglesia de nuestros días enfrenta una crisis tan grave o peor que la que Juan advertía a fines del primer siglo. La negación feroz, de todo cuanto huela a fe cristiana en nuestros días, tiene proporciones devastadoras. La posición de la iglesia consagrada a las doctrinas fundamentales de la fe cristiana debe sustentar en la voluntad de Dios la realidad de la oposición que vive y aferrarse a defender con todo su ser y toda su esperanza la esencia de la fe que es Jesús, Señor y Salvador.

365 Meditaciones…129

Mayo 8

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