“2 Juan 1: 9-11 “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa en sus malas obras”

Lo que pienso de Jesús, define mi forma de ser en y ante el mundo. Los 9-11 de la Palabra son, ciertamente, llamados de emergencia espiritual. En este 9-11, Juan hace un llamado severo a cerrar las puertas a quienes no viven la “doctrina de Cristo”.

Este pasaje parecería una contradicción ante el mandamiento del Señor en Mateo 28:19 de “id y haced discípulos” o en cuanto a lo que el autor de Hebreos indica sobre la hospitalidad en Hebreos 13:2 cuando dice: “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. Juan, en este llamado, esta siendo puntual a razón de una realidad que ya indicó en el verso 7: “Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo”, esta es la motivación de Juan para esta carta.

La doctrina de Cristo, sin el cuerpo de Cristo, hace de la iglesia una entelequia sin sentido.

La negación de la humanidad de Dios en la persona de Jesús, es el riesgo del cual Juan advierte a esta mujer o a esta iglesia a quien dirige la carta. ¿Aplica a nuestros días la advertencia de Juan? ¡Absolutamente! , la gran desgracia de la iglesia post moderna ha sido dar la espalda a las doctrinas esenciales para acomodar la fe al mundo implacable que necesita le rasquen los oídos.

La negación, no sólo de la humanidad de Cristo, sino de cualquier parte de la persona y enseñanzas de Jesús, es un atentado contra la esencia misma de la fe. Es por esto que Juan hace esta advertencia puntual sobre las relaciones con aquellos que así niegan, piensan y viven.

La Trinidad de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, supone en su misterio, cada atributo de deidad y espiritualidad y cada condición humana, por tanto, Jesús el Hijo, es un todo integral con el Padre y el Espíritu, viviendo desde la humanidad misma de su ser.

Algo de suma importancia que nos deja Juan en este pasaje es: Errar se vale, seguir errando adrede no. El verso 9 de este pasaje nos lleva a la doctrina de “la perseverancia de los santos”. Es un recordatorio de nuestra imperfecta humanidad, pero también del poder del Dios que obra en nuestro imperfecto corazón por medio del Espíritu, porque “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”, como nos recuerda el pequeño gran Pablo en Filipenses 1:6

La perseverancia en la fe es fruto del Espíritu obrando en nuestra cotidianidad.

¿Evidenciamos perseverancia de fe? ¿Evidencian nuestras relaciones cotidianas aquello de lo que Juan advierte en este pasaje? ¿Estamos siendo diligentes en conservar el mensaje, enseñanzas y doctrinas esenciales de Cristo en nuestras relaciones cotidianas? ¿Son nuestras caídas cotidianas evidencia de nuestras debilidades o de nuestra falta de Dios? ¿Vivimos con poca fe o es que amamos demasiado el pecado? ¿Tenemos al Padre y al Hijo? ¿Somos diligentemente perseverantes?”

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Mayo 10

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