“2 Juan 1:8 Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo

La diligencia que nos toca, en cuidar el fruto de la diligencia misma por alcanzar el galardón que es dado por fe y no por obras.

Parecería contradicción o trabalenguas el planteamiento que expongo, pero no lo es. En el marco del momento en que Juan escribe esta carta, esto es parte de ese llamado desesperado que Juan ha hecho al decir: “Y ahora te ruego” (v.5). En este verso 8, Juan apela a la diligencia de conservar lo alcanzado en la perseverancia en la fe por parte de esta mujer y sus hijos o de esta iglesia a la que dirige la carta.

“Mirad por vosotros mismos”, es un llamado a la reflexión. Una convocatoria preocupada a la introspección, a mirarnos con los ojos del alma para entender dónde estamos y qué tenemos que hacer para mantener la carrera, hasta alcanzar el galardón que mueve la esperanza misma de nuestra fe, en las promesas de Jesús.

Hay una preocupación genuina de Juan para con esta iglesia o familia a la que ama.

En este verso, Juan, hace un llamado práctico al ejercicio espiritual de la auto-evaluación. El término correspondiente, en el griego, para “mirad” viene de la palabra blépō”, que implica justamente el entender los resultados espirituales de una realidad física, en este caso de las circunstancias que asedian al entorno de esta gente amada por Juan y cómo ello pudiera afectarles en su vida de fe y en “el fruto de vuestro trabajo”

Juan es asertivo en recordarles el objetivo de la fe en el galardón completo, que no es otra cosa que aquel que está guardado en las promesas de Cristo y que nos espera en el cielo. “Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”, nos deja dicho Jesús en Mateo 5:12, justo al cerrar el hermosísimo segmento de las Bienaventuranzas en Mateo 5: 1-12

El mayor riesgo de nuestra cotidianidad es obviar ese objetivo de las promesas de Jesús. El “fruto de nuestro trabajo” de fe, se pierde en una cotidianidad que obvia las promesas.

Juan nos llama a la reflexión y a auto-evaluar nuestros pasos en lo cotidiano. A revisar como el entorno está influyendo en nuestros compromisos con Dios. Juan nos ruega a nosotros también a ser diligentes en nuestra vida de fe y a cuidar el galardón de las promesas de Jesús.

¿Somos diligentes en auto-evaluar nuestra fe cotidiana? ¿Tenemos la introspección como una disciplina espiritual? ¿Somos conscientes de los riesgos que la cotidianidad nos tiende? ¿Niega nuestra cotidianidad la fe que decimos tener? ¿Es el galardón de Sus promesas motor de nuestra fe o lo es la comodidad del sentido de pertenencia a una comunidad de “buenos valores”? ¿Vivimos realmente por fe en lo cotidiano o es la iglesia un cómodo ambiente social para compartir algún tiempo los domingos?”

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Mayo 9

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