“3 Juan 11-12 “Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios. Todos dan testimonio de Demetrio, y aun la verdad misma; y también nosotros damos testimonio, y vosotros sabéis que nuestro testimonio es verdadero”

Una simple, práctica e importantísima medida: no imites lo malo, sino lo bueno.

Imitar lo bueno no es ciencia avanzada. Es simplemente la rendición de la voluntad al accionar del Espíritu en lo que hacemos, decimos y pensamos. Todos, todo el tiempo, tenemos la opción de decir no a lo malo. Siempre tenemos la alternativa entre el pecado y la honra de Dios.

La complejidad de imitar lo bueno tiene más que ver con la dureza del pecado que cargamos y  que nos mueve, que con la dificultad de hacerlo.

Juan toma el testimonio de un tercero, Demetrio, para aconsejar a Gayo sobre la realidad que el consejo atañe, y esto también nos sucede: todos tenemos ejemplos a seguir. Los vemos. Compartimos con estas personas. Vemos el ejemplo, pero ¿los imitamos?

La opción de imitar lo bueno siempre está disponible, lo que suele faltar es la diligencia de hacerlo.

El pequeño gran Pablo en Filipenses 4:8 nos deja un gran legado en la misma dirección que Juan sugiere a Gayo: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad”

¿Vivimos esta diligencia por lo bueno que Juan y Pablo nos sugieren? ¿Nos negamos a renunciar al pecado que ahoga la diligencia de imitar lo bueno? ¿Somos diligentes en pensar de la forma en que Pablo nos insta? ¿Cuánto pensamiento errado mueve la cotidianidad de nuestro accionar?”

365 Meditaciones…137

Mayo 16

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