Hijo mío, no andes en camino con ellos.

Aparta tu pie de sus veredas,

Porque sus pies corren hacia el mal,

Y van presurosos a derramar sangre.

Porque en vano se tenderá la red

Ante los ojos de toda ave;

Pero ellos a su propia sangre ponen asechanzas,

Y a sus almas tienden lazo.

Tales son las sendas de todo el que es dado a la codicia,

La cual quita la vida de sus poseedores

Proverbios 1:15-19

La codicia dibuja falsos paisajes para seducir al incauto a andar los caminos del mal.

La vida se pierde en la maldad. En la maldad se van tejiendo los argumentos para el final que no se sueña en el empeño vano de sus caminos. Y es que las consecuencias del pecado son irreconocibles para aquellos que andan sin Dios.

El reto de enseñar a nuestros hijos a decir “no” a los caminos del mal, empedrados en los valores ilusorios de la codicia que promete abundancia, riqueza y poder, se hace tarea monumental en el tiempo que nos toca, más aún para aquellos que viven sin Dios.

La codicia, en la forma original en que se escribió el verso 19, es referida como la actitud ansiosa de obtener riquezas. Si nos ponemos a pensar, ese mal indicado por Salomón, es prácticamente la actitud velada del mundo mismo: tener, tener, tener por amor a tener, mas, mas y aún más.

La cotidianidad de nuestros días marca el corazón de nuestros hijos en cuanto a nuestro afán por el dinero. En el afán de nuestros días, definimos las veredas por las que andan nuestros hijos. Las marcas, los gustos, las compras innecesarias, la obsesión laboral y los patrones de ganancia con que vivimos, van definiendo en el corazón de nuestros hijos las tendencias a la codicia que Salomón señala. Y luego cuestionamos ¿qué hicimos mal?, pero ¿Estamos sembrando codicia en sus corazones en nuestro afán cotidiano? ¿por dónde estamos llevando sus pasos?

Mas, existe la esperanza para aquellos que conocemos al Señor: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”, nos recuerda el pequeño gran Pablo en 2 Timoteo 1:7

Desde la fragilidad de nuestra sabiduría y con los limitados recursos con los que intentamos dominar nuestra propia máquina de iniquidad latiendo en el pecho, moldear el corazón de nuestros hijos es tarea imposible, sin la ayuda de Dios y el poder de Su Espíritu.

El espíritu de valentía nos ha sido dado, usémoslo.

Oremos porque el sutil veneno de la codicia no eche raíces en nuestros hogares.

Padre que la codicia no haga raíz en nuestros corazones. Que por el poder de tu santo Espíritu, en las decisiones cotidianas, en nuestros anhelos, deseos y proyectos, podamos modelar el carácter manso y humilde de tu hijo Jesús, ante nuestros hijos. Que por el poder de tu Espíritu tengamos el amor y el dominio propio para decir no a los caminos del mal y la sabiduría para llevar a nuestros hijos por tus caminos. Que tus promesas sean el fundamento de nuestra esperanza y nunca el dinero. En tu nombre oro.

 

365 Meditaciones…159

Julio 12

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